Sobre el derecho a inventar el paraíso
En cierto sentido, la ‘sociedad’ no es más que una ‘envoltura’ psicofísica de la esfera en que madre e hijo repiten el misterio de la vivificación humana. […] Francamente: podría decirse que toda la ‘historia’ ha sido, en su sentido más estricto, la historia de las manipulaciones del campo madre-hijo. (Sloterdijk, 2020, p. 34) Al igual que Virginia Woolf reclamaba una “habitación propia” para su emancipación personal y creativa, un espacio para la integridad, Carla Hayes demanda un paisaje, un lugar y un tiempo propios. La habitación tiene un fuerte componente individual, constituye la proyección del sujeto, de un carácter particular y de un modo de entender el mundo, de su personalidad. El cuarto, el aposento, la estancia, es un elemento de identificación que nos permite explicar la existencia desde el contexto y la posibilita a la vez que la condiciona. Es un espacio de convivencia, un espacio mental y anímico (Monteys, 2017, p. 8). Si Woolf relaciona la libertad intelectual y poética con aquellos aspectos materiales que marcan la realidad del individuo, Hayes establece una conexión entre la presencia narrativa o histórica y la posibilidad de autodefinición. La de Carla es una habitación sin puertas ni ventanas, una estancia que prescinde hasta de paredes o techo y se abre a la intemperie para dar cabida al paisaje exótico, un escenario donde recuperar la identidad arrebatada y volver a sentirse en casa.
Un Paisaje Propio es la reclamación de un un lugar físico y relacional, un territorio al que pertenecer. Si la historia la escriben los vencedores, solo aquellos que ostentan el poder y sus semejantes tendrán presencia y derecho a existir. De acuerdo con la terrible visión que nos traslada Peter Sloterdijk, “las estirpes y las confederaciones de estirpes, es decir, los pueblos, son hiperhordas o, mejor, integrales de hordas, que se mantienen unidas por eso que se conoce con el término cultura” (2020, p. 82). Las culturas, por tanto, funcionan como herramientas o instrumentos para levantar el edificio de lo improbable, pero posible. Sin embargo, hemos de aceptar “que la cultura superior ha exigido demasiado a ese animal de grupos pequeños que es el homo sapiens, pues éste no ha sido capaz de engendrar prótesis emocionales y simbólicas para moverse por las grandes superficies” (Sloterdijk, 2020, p. 78). Esta limitación nos ha dejado una historia plagada de numerosas y trágicas diásporas que podrían resumirse en el eterno episodio del desarraigo del ser humano respecto a su mundo.
El paisaje de Carla Hayes es un espacio identitario al que todo individuo debería tener derecho, un espacio de pertenencia, un paraíso para la salvación. En tanto que la naturaleza precede a las civilizaciones, al ser humano y a la sociedad, funciona aquí como un elemento unificador. Lo tropical se mezcla con lo andaluz y el panorama mediterráneo asume los tintes mestizos de una escenografía selvática donde lo doméstico, o mejor, lo domesticado, ha de enfrentarse a lo desconocido, a lo salvaje.
Entonces cobra presencia la ficción de un relato forzado donde el paisaje se empareja simbólicamente con el hogar. Esta historia del desarraigo está narrada con un tono sutil y poético bajo la voluntad de recuperar la raíz perdida, volver a la tierra y sentir la pertenencia para dejar de sentirse como un intruso en su propio mundo. A mediados del siglo XX Paul Ricoeur escribía: Cuando descubrimos que hay varias culturas, en vez de una y, en consecuencia, en el momento en que reconocemos el fin de una especie de monopolio cultural, sea éste ilusorio o real, nos sentimos amenazados con la destrucción de nuestro propio descubrimiento. De repente, resulta posible que existan otros, que nosotros mismos seamos un otro entre otros. (Guasch, 2000, p. 559) El microrrelato se convierte, por tanto, en la más eficiente estrategia de contestación a esa historia contada con mayúsculas por el poder hegemónico.
Gilles Clément recuerda que el primer jardín señala el fin del nomadismo en cada grupo de seres humanos. Cada sociedad funda su propio paisaje cuando se establece en un lugar, cuando marca el territorio delimitando un dentro y un fuera. Es entonces cuando comienza la narración de una historia singular. Ese jardín es alimentario, un huerto atemporal que sustituye el movimiento físico por un desplazamiento temporal, histórico, marcado por los periodos de la particular evolución. En definitiva, el principio de todo jardín, o paisaje, consiste en acercarnos lo más posible al paraíso (Clément,2019, p. 15).
REFERENCIAS
Bourriaud, N. (2008 [1998]). Estética relacional. Adriana Hidalgo.
Camnitzer, L. (2020). Manual Anarquista de Preparación Artística. DATJornal, 5(2), 267-274.
Clément, G. (2019). Una breve historia del jardín. Barcelona: Gustavo Gili.
Guasch, A. M. (2000). El arte último del siglo XX. Del posminimalismo a lo multicultural. Madrid: Alianza Editorial.
Han, B.C. (2019). Ausencia. Acerca de la cultura y la filosofía del Lejano Oriente. Buenos Aires: Caja Negra. (Obra original publicada en 2007)
Monteys, X. (2014). La habitación. Más allá de la sala de estar. Barcelona: Gustavo Gili.
Sloterdijk, P. (2020). En el mismo barco. Madrid: Siruela. (Obra original publicada en 1993)