Mariana Pinto dos Santos

Entretejer la historia con Carla Hayes

«Este mar llamado mi espalda» es una glosa del título del libro de Cherrie L. Moraga y Gloria E. Anzaldúa, This Bridge Called my Back, una antología «radical» de textos de mujeres no blancas, publicada por primera vez en 1981, asociada al movimiento feminista chicano, nacido entre las mujeres latinoamericanas. Los textos de este libro son de diferente naturaleza, pero todos son testimonios o historias de mujeres de diferentes tonos de piel no blancos, desde los más oscuros hasta los más claros, y dan cuenta de diferentes experiencias de racismo. El título utilizaba la palabra «bridge», «puente». Como se dice en el prefacio, «a bridge gets walked over» — «un puente siempre es para pasar por encima». Esta «puente» no solo era la imagen de siglos de cuerpos pisoteados para que alguien pudiera pasar por encima, sino también la metáfora del esfuerzo de integración, de crear puentes, conexiones, explicaciones, entre las luchas feministas, o entre comunidades étnicas, o incluso en la vida doméstica y profesional que pesa sobre las espaldas de la mayoría de las mujeres no privilegiadas (e incluso de las privilegiadas).

En esta exposición, «puente» ha sido sustituido por «mar», lo que abre la posibilidad de fluidez, de fuga, de liberación a través del agua, al tiempo que se destaca el no lugar del océano como tránsito de cuerpos y bienes a lo largo de los siglos, reconfigurando el mundo y jerarquizándolo en una profunda división de desigualdad. Hasta el presente, en el que el mar sirve de puente para cruzar a Europa en travesías de enormes riesgos que acaban en naufragios demasiado frecuentes.

Carla Hayes trabaja la hibridación como una declinación del mestizaje, explorándola en varios casos que crean capas de lecturas y evocaciones de experiencias vividas e imaginadas. En el catálogo Memorias mestizas (Thyssen-Bornemisza, 2022), Carla Hayes escribió «Todas las historias son un constructo», incluyendo tanto la historia de la humanidad que se escribe como las historias personales que se recuerdan. La memoria construye historias que entrelazan tiempos y lugares, la vida vivida y la vida soñada, deseos y frustraciones, y herencias de otras historias de las que solo quedan vestigios y que es necesario reinventar. Este entrelazamiento encuentra su expresión material en el proceso de trabajo de la artista, que utiliza como medios el bordado y el tejido. Las artes textiles han sido tradicionalmente tarea de las mujeres, realizadas de forma anónima y colectiva, y consideradas artes menores, aunque este juicio es más reciente. Véase en el lienzo Las Hilanderas (c. 1657) de Velázquez cómo se considera mayor el arte de tejer, mostrando al fondo un tapiz realizado a partir del lienzo El rapto de Europa de Tiziano, que entonces pertenecía a la corte española. Aracne, que desafió a la diosa Minerva al atreverse a afirmar que era mejor tejedora, nos mira desde el fondo del lienzo, sabiendo que será transformada en araña por la diosa, que lleva un yelmo y levanta el brazo frente a ella, dispuesta a infligirle el castigo por tal audacia. Velázquez mezcla mito y realidad, yuxtaponiendo una de las metamorfosis de Ovidio y el taller Rreal de tejedoras. Sin embargo, el mito está ahí, en el fondo, apenas visible, y quienes ocupan todo el protagonismo son las mujeres que hilan la lana y se preparan para tejer. Son estas tejedoras las que hacen que la historia surja de sus bordados, de los hilos entrelazados, es su labor paciente y lenta la que escribe la memoria. Carla Hayes borda delicadamente motivos vegetales que remiten a los bordados decorativos europeos que antaño se realizaban con hilos de seda u otros tejidos nobles. Sin embargo, Carla Hayes utiliza un material pobre, la rafia, asociado a las tradiciones artesanales africanas. En esta combinación de materiales pobres para evocar una imagen de telas ricas, se da uno de los casos de hibridación, que se acentúa cuando los materiales bordados son chales, por ejemplo, o mantas, elementos que sirven para calentar, proteger y arropar. 

En una de las obras de esta exposición, la artista borda sobre una imagen de una pintura de Gentile Bellini de 1500, Miracolo della croce al ponte di San Lorenzo, en Venecia, ocultando a los personajes de la izquierda bajo una capa de bordado azul, para resaltar el único cuerpo negro de la derecha, un cuerpo casi desnudo, que aparece en unos escalones junto al agua frente a una mujer, de la que solo se ve la mitad, que emerge de una puerta y parece a punto de empujarlo al agua, como si fuera a deshacerse de ese hombre esclavizado. Es un detalle de un cuadro tan poblado de otras figuras que podría pasar desapercibido, al igual que parecen pasar desapercibidos a los ojos de Europa los miles de cuerpos negros que cruzan el Mediterráneo en busca de una vida mejor, muchos de los cuales sucumben al viaje y terminan su vida en el mar. La actualidad de estas trágicas muertes queda patente en la noticia de la muerte de un vendedor ambulante en 2024, que, perseguido por la policía de Sevilla por estar vendiendo ilegalmente, se lanzó al río Guadalquivir y no volvió a salir a la superficie. Se llamaba Mahmoud Bakhum, tenía 43 años y, como tantos otros, vendía sus productos en una manta. Carla Hayes teje una hipótesis de manta que oculta partes del cuadro de Bellini para revelar otras, y así hacer visibles historias invisibilizadas en el pasado y en el presente. 

El Mantón – mar es un mantón efectivo que bordan colectivamente varias mujeres del colectivo Biznegra, nombre que reconfigura y reapropia la tradición malagueña de la Biznaga, una rama de flores de jazmín que se vende por su perfume, carácter ornamental y para ahuyentar insectos, y que se remonta a la presencia árabe en la Península Ibérica. La confección de la manta vuelve a unir las tradiciones árabes e ibéricas, materializando un puente mediterráneo en forma de bordado entre los continentes europeo y africano. El antropólogo Tim Ingold escribe que «Hacer es un proceso de correspondencia: no la imposición de una forma preconcebida sobre una materia prima, sino la extracción o revelación de las potencialidades en un mundo en transformación». Es precisamente el poder de las historias entrelazadas lo que muestra el trabajo de esta artista, en la correspondencia creada entre la materia (la rafia, la reproducción de la pintura, el plástico), lo que se crea (el bordado, el tejido) y la revelación del poder de pensar lo impensable, de hacer visible y material lo invisible. 

Sin embargo, me detendré en otra obra de Carla Hayes que se despliega a lo largo de varias piezas expuestas en La Térmica: Cola de Sirena y Este mar llamado mi espalda I, II y III.

La ambigüedad noble/pobre, erudita/artesanal, autoral/anónima, mayor/menor que caracteriza la obra de Carla Hayes se reafirma con una nueva capa de significado cuando la artista borda en azul marino, sobre plástico transparente, motivos vegetales decorativos moldeados en forma de cola de sirena. Los seres que se le aparecen a Ulises en la Odisea no eran el animal híbrido mitad mujer, mitad pez que reconocemos más fácilmente como ser mitológico, sino las sirenas, seres alados que volaban alrededor de la embarcación del héroe griego y emitían un canto encantador al que los hombres tenían que resistirse. La sirena como mujer-pez aparece por primera vez en la Edad Media, asociada a los peligros del mar. Más tarde, aparecieron en los relatos de los marineros que navegaban durante meses en frágiles embarcaciones que realizaban viajes a otros continentes, desde finales del siglo XV y en el siglo XVI, primero de exploración y luego estableciendo rutas de comercio y tráfico de bienes y personas. Malnutridos y a menudo enfermos, lejos de las mujeres, estos hombres tenían visiones de monstruos y seres mágicos en las aguas del océano hasta donde alcanzaba la vista, incluyendo mujeres seductoras con cola de pez. Es esa cola la que Carla Hayes borda junto al Mediterráneo en Málaga, y luego se viste transformándose en sirena. Este acto deliberado de colocar su cuerpo dentro de una cola de sirena es una expresión de la reafirmación de su condición de mujer mestiza ahora en una nueva mezcla, una mezcla del ser mitológico europeo que asombró los viajes marítimos y del ser mitológico africano, Mami Wata, («madre agua») a quien muchos migrantes piden protección antes de venir a Europa. Esta figura de Mami Wata ha sido adoptada por las culturas africanas a través del contacto con los europeos, lo que intensifica aún más la amalgama de historias y transferencias que se mezclan en los mitos, en las formas de hacer y en los cuerpos. Es esa mezcla la que el trabajo de bordar y tejer hace literalmente, pero que adquiere una dimensión metafórica en una extensión que implica que el cuerpo de la artista sea el centro neurálgico por donde pasan tiempos y geografías cruzadas. Sitúa su cuerpo en el centro de una transformación que lo afirma, en su tronco, en su espalda, como venido del mar y hacia el mar. 

Un vídeo muestra a la artista bordando su cola de sirena en Málaga junto al mar y, después, ya transformada en sirena tras «vestirse» la cola, entrando en el Mediterráneo con sus capas de hibridación: la del ser mitológico en el que se ha metamorfoseado, la mujer-pez; la del lastre europeo mezclado con la materia pobre africana que está presente en el bordado barroco de rafia en la cola de plástico; la de su cuerpo (de su espalda) mestizo, que viste la cola de sirena y representa una historia conectada entre el pasado y el presente, entre la naturaleza y los seres humanos, entre la violencia y el encuentro.

Este cuerpo pasa del Mediterráneo al Atlántico y se verá, como si hubiera llegado a la costa y permaneciera allí abandonado como un despojo del mar, en tres lugares emblemáticos de Lisboa: el muelle de las columnas en Terreiro do Paço, la fuente Chafariz d’El-Rei y la fuente adornada con escudos de armas de la Praça do Império, en Belém. Todos estos lugares son muy turísticos, y la presencia de la artista despertó curiosidad y fue objeto de fotografías, convirtiéndose ella misma en una atracción turística. El primero, el muelle de las columnas, que pasó largos periodos sin columnas y también se llamaba «muelle de piedra», era el lugar de llegada y salida de los barcos, y también el lugar simbólico del imperialismo portugués, que continuó en el siglo XX con un colonialismo celebrado en las inscripciones de las columnas que se volvieron a colocar allí en 1939, relativas al dictador António de Oliveira Salazar y al presidente de la república Óscar Carmona y sus visitas a los territorios colonizados en África.

El segundo lugar, la fuente Chafariz d’El Rei, es una fuente que abastecía a los habitantes de Lisboa y que data del siglo XIII, habiendo sido reconstruida y restaurada en varias ocasiones, incluso después del terremoto de 1755. Los lisboetas, pero también sus sirvientes y esclavos, acudían allí para llenar cántaros de agua. La fuente está muy cerca del Campo das Cebolas, lugar de transacción y embarque de personas esclavizadas a lo largo de los siglos.

El tercero se encuentra en la Praça do Império, que aún conserva ese nombre, y que fue diseñada, incluyendo la fuente elegida para la performance de Carla Hayes, para la Exposición del Mundo Portugués de 1940, una gran celebración nacionalista para conmemorar el doble centenario de la fundación de la nación (1140) y la restauración de la independencia frente a España (1640). Esta exposición supuso la construcción de varios edificios, del monumento conmemorativo Monumento a los Descubrimientos (primero efímero y luego convertido en piedra en 1960) y rediseñó el espacio urbano frente al Monasterio de los Jerónimos con el fin de ensalzar los llamados «descubrimientos», incluyendo tanto el monasterio del siglo XVI como la Torre de Belém, también del siglo XVI, en una actualización nacionalista de la afirmación del Estado Novo. Exactamente en el mismo lugar donde Carla Hayes depositó su cuerpo vestido de sirena, la infanta Sofía de España se fotografió, en este escenario imperialista, para marcar el inicio de sus estudios universitarios en la ciudad de Lisboa. 

Todos ellos son, por lo tanto, lugares con una fuerte carga simbólica, y el cuerpo hibridado de Carla Hayes revela el entrelazamiento de diversos tiempos presentes en el tejido urbano.

En todas las obras de Carla Hayes de esta exposición, y en esta en particular, el mar es ese Atlántico Negro, prolongado por la artista hasta el Mediterráneo, que Paul Gilroy consideró el espacio donde se forjó (y se forja) la contracultura de la modernidad, el lugar de las conciencias dobles (y más), «de la criollización, el mestizaje y la hibridación», donde los tiempos se mezclan, el lugar en el que las culturas y las identidades están inexorablemente vinculadas y son interdependientes.